Culturales

Noticia / Culturales

Haciendo memoria: festejos patronales


 

 

0

Según lo cuenta Domingo Guzmán Silva en “Mi Terruño”, libro centenario y padre de las obras de historia local los festejos patronales en honor a Nuestra Señora del Carmen comenzaban el día anterior a la fecha conmemorada, mas aun nadie faltaba a la misa el mismísimo día de la Virgen.

img_03_01

Resultaba mas que chica la capilla, no importaba, la gente hacia cola afuera, contentándose en su santa fe con ver de lejos el altar hecho ascuas, escuchar los cantos litúrgicos y oír al canónigo Echagüe, cuya magnifica voz sonaba hasta la plaza misma, haciendo la alabanza de la Virgen.

Terminada la misa mayor, así fueran la una de la tarde, eran sacadas las imágenes en procesión entre el ruido de las camaretas, que hacían las funciones que hoy cumplen las bombas de estruendo. Delante, en andas muy adornadas, Nuestra Señora del Carmen, detrás, San José, y aun solía sacarse a San Gerónimo. Miles de personas seguían luego rezando el santísimo Rosario. No era raro ver peregrinos descalzos, señoras con vestidos de órdenes mendicantes y demás extremos de piedad y promesas.

Cumplido el amoroso deber religioso, volvían la concurrencia a la plaza principal, hoy llamada Brigadier López, atraídas por las alegres notas del clarín militar que congregaba a la carrera de sortija. La calle donde se desarrollaba el acto se adornaba con arcos de follajes y grupos de banderas, en la mitad de cuadra se levantaba aquel del cual pendía la sortija que diestramente debían ensartar con un breve punzón, los jinetes.

Con mucha antelación preparaba el criollaje sus mejores caballos para la ocasión como así también sus aperos nuevos con prendas de plata. Los premios eran sortijas de oro y plata, pañuelos de la India para golilla y prendas de laya. Las “niñas de la ciudad” eran las encargadas de dar los premios.

Era la regla que los favorecidos de la suerte obsequiaran los premios a las flores del pago, quienes correspondían la galantería adornando con vistosos moños las crines de los caballos y ofreciendo claveles a los jinetes.

Al atardecer llegaba la hora de suerte mas peligrosa para el genero masculino: el clarín llamaba la atención y los jinetes formaban un solo block en la próxima bocalle, azuzando sus bridones para la gran carrera. Una niña arrancaba del arco una bandera y se la daba al más garrido y mejor montado, que echaba a correr con la tela flamante.

Detrás corría el pelotón a toda bravura y la hazaña consistía en volver con la bandera hasta las manos de quien la entregó.

Todos los caballos corrían en la aparente confusión mientras las manos se abalanzaban tratando de adueñarse de la bandera, aquí se reflejaba el verdadero arte masculino en el manejo el caballo.

Mientras los mayores partían a sus hogares, las campanas de la capilla, manejadas por artistas como Luis Beney y José Álvarez sonaban llenando el aire con alegres repiques y las camaretas atronaban con su ronco cañoneo.

Las campanas repiqueteaban llamando a los fieles a la Novena de la Virgen, que en tal noche terminaba.

La única nave de la capilla se iluminaba, llameaba el altar mayor, gentes sencillas, madres y sus chiquillos oraban los rezos encabezados por la frailería franciscana, y en las calles, la gran muchedumbre hacia oír jubilosas voces al tiempo que concertaban los medios de pasar la noche alegre o el infaltable paseo a la quinta de los Naranjos, que debía realizarse al día siguiente, como fin de fiestas.